¿Tienen los robots licencia para matar?

Por Ana P Rumualdo

 

La idea de utilizar robots para fines militares puede sonar, de principio, descabellada. Imágenes apocalípticas al más puro estilo de Terminator nos sugieren que no es buena opción, que tendríamos un Skynet en potencia. Otra de las razones por las que se ha sugerido no utilizar robots en la guerra es porque son incompatibles con el principio de legítima defensa. En su artículo “The Paradox of Riskless Warfare”, Paul Kahn, profesor de Ley y Humanidades en Yale, afirma que las huestes de las partes beligerantes tienen licencia para matar o hacerse daño el uno al otro porque ambos lados ponen a sus soldados en una situación de riesgo que justifica su legítima defensa. En otras palabras: el ataque de un soldado hacia otro se justifica bajo la premisa de matar o morir y eso es justamente lo que les otorga licencia para matar. Cualquier acto fuera de este terreno va en contra de la teoría de la guerra justa (just war) y tendría que ser prohibido. Así, los sistemas altamente tecnológicos “capaces de marcar como objetivos y destruir a otras personas con solo presionar un botón” (Kahn) rebasan dicho límite. Cuando la reciprocidad en el ataque deja de existir, surge la paradoja de la guerra sin riesgos. Además, argumenta, son acciones que despojan a la guerra de caballerosidad (chivalry en el original). De ser cierto, el uso de robots en las guerras tendría que ser prohibido porque estos no se encuentran expuestos al riesgo que un soldado humano y, por tanto, no actúan en defensa propia. Dado que no pueden perder la vida, tampoco tendrían licencia para arrebatar la de alguien más. ¿Será cierto?, ¿o será que estas ideas se basan en conceptos añejos que buscan glorificar la guerra?

En el contexto bélico, los caballeros gozaban de un estatus más elevado y las batallas en que intervenían podían ser consagradas y ennoblecidas gracias a su valentía. Para el ideal caballeresco, un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con armas tradicionales, como la espada, elevaba el valor del combatiente. La fascinación con estos ideales románticos influenció la resistencia inicial a las armas de fuego y sirvió para que durante el siglo XV, momento en el que ya se utilizaban armas de fuego, la caballería siguiera siendo considerada un elemento de gran prestigio y valor dentro de un ejército. Un ejemplo todavía más cercano es Pérez-Reverte quien, como todo un valiente caballero, ha escrito: “No me gustan las armas de fuego. Lo mío son los sables”.

En el libro From Chivalry to Terrorism: War and the Changing Nature of Masculinity, Leo Braudy argumenta que la idea del riesgo sirve para poner a prueba el honor y bravura durante la guerra, donde “los hombres se hacen hombres en los ojos de otros y en los propios”. De hecho, durante la primera guerra mundial la propaganda gubernamental evocaba el ideal de estereotipo masculino. Cuando Kahn apela a la melancolía de una guerra romántica en la que no se utiliza alta tecnología, olvida que, por ejemplo, durante la Guerra de los Cien Años los caballeros despojaban de su armadura al vencido y le cortaban la cabeza; y, como apunta Braudy, aunque la cortesía con las mujeres era parte del libreto ideal que debía ser acatado, raramente se respetaba y las violaciones eran comunes.

La guerra permite combatir en nombre de absolutos que solo adquieren sentido cuando son considerados parte de un camino heroico trazado por una voluntad superior, afirma Chris Hedges en el libro War is a Force that Gives us Meaning. Si el estereotipo de masculinidad juega un papel tan importante en la guerra y los robots la arrebatan, tal vez la guerra quedará expuesta con toda su cruel inutilidad. Para evitarlo se hace una defensa de dientes para afuera a la teoría de la guerra justa, mientras se abraza un ideal arcaico y se expone el riesgo de ser llamado cobarde. Al respecto, en 2011, The Atlantic publicó un artículo en el que, según los críticos, el uso de robots podría mandar el siguiente mensaje: “nuestros enemigos nos verán como unos cobardes sin honor por no estar dispuestos a pelear con ellos de hombre a hombre”.

Por otra parte, la autodefensa en la guerra se refiere a la respuesta armada de los países, no a los individuos. Pero incluso si, como afirma Kahn, la moral individual en el campo de batalla fuera una variante de la moral que siguen los Estados en guerra, cabe preguntarse si acaso los soldados en las trincheras pensarán en la autodefensa proporcional. A lo mejor su primer pensamiento sea sobrevivir. En El corazón de las tinieblas, Conrad señalaba que la guerra se pelea “…sin espectadores, sin clamor, sin gloria, sin un gran deseo de victoria (…) sin creer gran cosa en los propios derechos, menos aún en los del enemigo”.

Adicionalmente, Kahn afirma que sin la probabilidad de pérdida de vidas humanas uno de los lados en guerra estaría en gran ventaja. Pero, habría que recordar las ventajas, exponenciales en su momento, que representaron las bombas, los tanques y los aviones. De acuerdo con Brian Singer en su libro Wired for War, los aviones fueron inicialmente considerados “máquinas infernales” por el ejército británico.

Además, los que se oponen a estos cambios afirman que los robots en guerra no pueden cumplir con las regulaciones que exigen dar trato humano a los prisioneros de guerra por el simple hecho de que no son humanos. Pero ¿el trato dado por un ser humano garantiza trato humanitario? ¿Recuerdan lo sucedido en Abu Grahib? También afirman que los robots no pueden hacer una perfecta distinción entre civiles y combatientes. ¿Acaso los humanos pueden? El Comité Internacional de la Cruz Roja ha dejado en claro que durante la Segunda Guerra Mundial existieron ataques erróneamente dirigidos a civiles.

Por el momento, lo cierto es que se avecina un cambio de paradigma en el concepto tradicional de “soldado”. Por primera vez en la historia, afirma Singer, los límites geográficos y el riesgo físico personal ha dejado de ser un obstáculo. Tal vez, el lamento de Kahn es en realidad provocado por el surgimiento del “guerrero de cubículo”, como denomina Singer a los nuevos soldados quienes, a diferencia de los personajes de El juego de Ender (Orson Scott Card) sí saben que están peleando una guerra.

La tecnología robótica debe ser evaluada sopesando sus ventajas y desventajas sin que los ideales de valentía y caballerosidad tengan mano en ello. Los robots son una herramienta, una extensión de nuestras capacidades presentes y, como toda herramienta, sus usos pueden variar. Una prohibición no solo sería insustancial, sino que poco contribuiría a su aceptación social en general, aspecto que iría en detrimento del resto de sus muy variadas posibilidades. Tal vez haya que recordar que los robots pueden minimizar las pérdidas humanas, pero no hacen la guerra menos terrible. El problema no son ni serán ellos, somos nosotros.

Tal vez existan otras razones para estar en desacuerdo con el uso de robots en el campo de batalla. Por supuesto, sería mejor acabar con ellas. Sin embargo, recordando una frase, cuestionablemente atribuida a Platón, “solo los muertos han visto el fin de la guerra”. Mientras nos morimos, ¿cuál sería la mejor opción?

 

Publicado previamente en Letras Libres.

¿Quieres ser un cyborg?

Neil Harbisson es un artista que nació con acromatopsia, una condición médica que le impide ver los colores: su mundo se mira en escala de grises. A los 21 años comenzó a utilizar una antena que, conectada a unos audífonos, le daba a cada color una nota distinta, de modo que es posible escuchar los colores. Después optó por una antena fija en la base de su cabeza, que permitía al sonido viajar hasta sus oídos. La que actualmente utiliza está instalada en el cráneo por medio de tornillos (la misma que mostró en el Campus Party en México en 2011). Este eyeborg tiene un sensor que detecta la frecuencia del color que se encuentra frente a él y la envía al chip en la parte trasera de la cabeza, de tal modo que puede escuchar el color a través de la conducción ósea.

A cada color le corresponde una nota, así que tuvo que memorizar cada una, pero no tardó mucho en percibirlas, en tener un nuevo sentido que le permite escuchar los colores automáticamente. Luego, cuando empezó a soñar los sonidos del color, se dio cuenta de que el software y su cerebro se habían unido. Lo que al principio era un simple dispositivo externo a su cuerpo, terminó fusionándose con él. Finalmente había logrado ampliar sus sentidos.

Harbisson siempre consideró que la antena era una extensión de su cerebro. Gracias a eso, en 2004 pudo convencer al gobierno británico para que le permitiera aparecer con ella en la fotografía del pasaporte, convirtiéndose en el primer cyborg del mundo. Lo hizo de hecho, porque no se añadió legalmente la categoría de cyborg, tampoco modificó los casos excepcionales en que una persona puede aparecer en dicha foto portando equipo electrónico; es decir, fue una decisión casuística.

Cuando llegó al punto de poder escuchar el espectro de los 360 colores visibles al ojo humano, quiso aumentar su capacidad. Ahora puede escuchar colores invisibles: infrarrojos y ultravioletas.

Al ser el sonido su guía, es capaz de transpolar al sentido del oído lo que de principio sería una experiencia únicamente visual. Por ejemplo, ha dicho que la cantidad de colores en el supermecado lo hacen sentirse como si se fuera de antro, se viste para “sonar” bien y puede escuchar un Picasso.

La antena, que también cuenta con bluetooth, le permite conectarse a internet y recibir llamadas telefónicas. Normalmente está conectado con cinco personas, una en cada continente. A principios de octubre de este año, Harbisson decidió abrir al público la posibilidad de conectarse con él. En su página de Facebook anunció que durante los próximos seis meses estará conectado inalámbricamente a una escultura de su propia cabeza (antena incluida), que estará en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, como parte de la exposición +Humanos. Junto a la cabeza hay tarjetas de varios colores. Cada vez que le acerquen un color, Harbisson lo percibirá en cualquier parte del mundo en que se encuentre.

En 2010, Harbisson y Moon Ribas crearon la Cyborg Foundation, con el objetivo de ayudar a la gente a convertirse en cyborg para aumentar sus sentidos y ampliar sus conocimientos. (¿Qué diría Aristóteles a todo esto?) Harbisson busca que se creen apps para el cuerpo en lugar de más para el celular. Por lo pronto, existe una app que permite probar la “experiencia Harbisson”.

A diferencia del androide, cuyo conflicto tradicionalmente reside en que él mismo o los que lo rodean ignoran que no es completamente humano, el cyborg –que busca fusionarse con la tecnología y convertirse en un ser ampliado o remediar una falta– generalmente conoce su condición.

Pero, ¿en realidad queremos sobrepasar los límites humanos? Por un lado hay quienes consideran que la dependencia a la tecnología nos está llevando a la pérdida y desconocimiento de nuestra humanidad y naturaleza. Al respecto, el mismo Harbisson ha narrado que la operación necesaria para integrar el implante a su cráneo fue rechazada por diversos comités de Bioética, bajo el argumento de que la fusión humano y tecnología era “anti natural, nada saludable y peligrosa”. Finalmente, la antena fue implantada al cráneo de Harbisson por un médico que permanece anónimo. Se asume que lo natural debe permanecer como tal. En contraste, en su ensayo “Golems in the Biotech Century” Byron Sherwin, señala que la naturaleza no es siempre tan benigna como los naturalistas parecen creer.

De acuerdo con Harbisson, el problema radica en que el uso de la tecnología se limita a la corrección de condiciones médicas, pero si la cirugía está destinada a superar o diferenciarse de esas capacidades, no es aceptada.

La operación de Harbisson parece ser la punta de lanza en la expansión sensorial no necesariamente a partir de una falta, sino de un deseo de superar las propias capacidades. ¿Será que el internet de las cosas (the internet of things) acabará por convertirse en el internet de las personas?

Por Ana Paula Rumualdo Flores
Publicado previamente en Letras Libres