Alguien ya escribió tu próxima novela

La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma.

Borges, “La biblioteca de Babel”

 

Si has publicado algo durante los últimos siete años, lo más probable es que hayas violado los derechos de autor de Qentis, una empresa rusa que afirma tener los derechos del 97% de todos los textos que se puedan crear en inglés, español, alemán, francés, ruso, polaco, portugués e italiano. Es cuestión de tiempo para que uno de sus despachos legales te notifique de algún engorroso procedimiento, donde tu oponente será la compañía titular de la mayor cantidad de derechos de autor en el mundo. Qentis advierte enfáticamente al lector que si planea publicar cualquier texto en cualquiera de esos idiomas, debe informarlo a la compañía, pues es casi seguro que ya forme parte de su extenso inventario. Le advierte también que ni se moleste en pedir permiso para publicar: este solo se conceden a un selecto grupo de editores. Qentis es voraz: su alcance no se limita a textos, también se encuentra trabajando en imágenes, sonidos e impresiones 3D.

Poseedora de una avanzada inteligencia artificial (AI), la omnisciente Qentis sabe todo lo que se ha escrito y todo lo que se escribirá, y lo ha hecho en tan solo siete años, en coincidencia con los siete días de la creación en la tradición judeo-cristiana. También afirma que muy pronto tendrá el control absoluto de las obras visuales y auditivas. Es la personificación de la catástrofe de la creatividad humana al anunciar que todo está dicho, que ahora sí no hay nada nuevo bajo el sol.

Esta consciencia infinita se encuentra almacenada en cloud, y contiene cada palabra de eso que pensabas sería tu nueva novela. ¿En qué momento la tecnología AI dio tan tremenda zancada?

Respira, Qentis es una obra de Michael Marcovici, un artista austriaco que puso el acento sobre el monopolio del conocimiento y lo que sería el leitmotiv de una empresa así: regalías y ganancias.

Por si acaso, vale la pena preguntarse si la existencia de Qentis sería posible. De acuerdo el artículo “Monkeying Around with Copyright – Animals, AIs and Authorship in Law”, escrito por David Komuves, Burkhard Schafer, Jesús Niebla Zatarain y Laurence Diver, como parte de su trabajo de investigación en la Universidad de Edimburgo, una inteligencia artificial de tal magnitud actualmente no sería posible principalmente por dos razones. La primera es que se requeriría de una enorme cantidad de tiempo (3.13×10240800 veces la vida del universo), además del uso masivo de infraestructura computacional. La segunda es que no todos los países, Estados Unidos entre ellos, consideran que los trabajos producidos, en su totalidad, por una computadora merecen una protección de derechos de autor. Esto es porque los derechos de autor representan un incentivo a la creatividad y recompensan el esfuerzo que el autor ha hecho para darle cuerpo a su idea y comunicarla al mundo. Una computadora carece incluso de autoría humana, más aún: no comunica, imita la comunicación. Por el contrario, en Reino Unido sí se conceden derechos de autor a este tipo de trabajos. El autor es la persona que realiza las acciones necesarias, para que una creación generada por computadora tenga lugar, por ejemplo, la persona que realiza los algoritmos para que una computadora escriba un poema dentro de ciertos parámetros. En otras palabras, la persona que tuvo la intención creativa. Esta provisión servirá hasta en tanto no se creen sistemas autónomos capaces de realizar creaciones sin necesidad de la interacción humana. En México, la Ley Federal del Derecho de Autor especifica que “autor” es una persona física, categoría en la que, de entrada, una computadora no entra.

La idea de una fuente donde se concentre todo el conocimiento habido y por haber ha sido objeto del imaginario de autores como Aristóteles, Lewis Carroll y Kurd La∫witz, a quienes Borges reconoce como influencia en la escritura de “La biblioteca de Babel”. En 1901, La∫witz imaginó “La biblioteca universal”, una historia donde todas las combinaciones posibles de las letras del alfabeto darían como resultado un número finito que comprendería toda la literatura posible. En “La biblioteca de Babel”, Borges creó un universo que es una biblioteca eterna repleta de galerías hexagonales, que contiene los libros con todas las posibles combinaciones que los símbolos ortográficos pueden permitir.

La idea de que el resultado de todas las combinaciones posibles de las letras del alfabeto y algunos signos de puntuación es un número determinable, se explora en el proyecto virtual Library of Babel. Inspirados en el cuento homónimo de Borges, el portal invita al lector a “contemplar por medio de ese arte, la variación de las 23 letras”. Esas variaciones incluyen letras minúsculas, punto, coma y espacio. Al igual que Qentis, contiene todo lo que se ha escrito y todo lo que se escribirá, aunque no menciona nada respecto de propiedad intelectual.

La finitud de la escritura es también objeto del Teorema del mono infinito. Según el cual un mono tecleando infinitamente en una máquina de escribir, casi seguramente, en algún momento, escribiría las obras de Shakespeare. La idea fue retomada en 1913 por el matemático Emil Borel, en el terreno de la mecánica estadística. El mono o los monos podían teclear ad infinitum, pero, como se menciona en el artículo “Monkeying…”, la naturaleza de la infinitud es tal, que el mono bien podría terminar escribiendo la palabra “Hamlet” o bien podría teclear la letra “g” infinitamente. El mismo artículo menciona dos ejemplos, uno físico y otro virtual, que han puesto en práctica dicho teorema. El primero ocurrió en 2002 como parte del curso MediaLab Arts de la Universidad de Plymouth. Se utilizaron seis macacos de Sulawesi, que produjeron cinco páginas que contenían principalmente la letra “s”. Luego comenzaron a destruir las máquinas de escribir y a usarlas como baño. En 2004 se corrió una simulación por el equivalente a 42,162,500,000 billones de billones de años. El resultado fue la frase: “valentine cease to”, que se podría coincidir, finalmente, con el trabajo del Bardo: “Valentine, cease to persuade, my loving Proteus” (Valentín: Deja de persuadirme, mi querido Proteo. Los dos caballeros de Verona).

De existir una biblioteca o consciencia absoluta que contuviera la totalidad de la escritura y la imagen, ¿contendría también cada intento de escritura?, ¿las páginas que se quedaron a la mitad?, ¿los plagios?, ¿los obituarios?, ¿las imágenes de todas las películas filmadas y por filmarse? Komuves lleva más allá esta cuestión al preguntarse si esto incluiría todos los posibles escritos difamatorios, todas las posibles imágenes de pornografía infantil y todas las posibles incitaciones a la violencia.

Entonces la cuestión sería, recordando a Sócrates, que todo lo creado no se refiere únicamente a las obras que representan el bien mayor, sino también a las que representan el mal mayor. Tal vez, como dice Borges, la idea de que todo está escrito, nos anula como seres humanos porque nos daría la certidumbre de lo inútil de nuestra creatividad y lo vano de cualquier esfuerzo por aportar algo nuevo al mundo.

Ana Paula Rumualdo Flores

Artículo publicado previamente en Letras Libres en noviembre de 2015.